Estábamos en el salón
y yo quería pinchar Nick Cave en el portátil.
Ella hablaba y yo
pensaba en la música,
en la voz grave y rotunda de Nick Cave,
en su mística de dureza
en la tinta saliendo del violín de Oh My Lord.
( Canción número 7 del No more shall we part)
Alguien decidió abrir la ventana
y el viento entonces
arrancó
los apuntes de clase de un cuaderno sobre la mesa.
De pronto, noté
que no había posibilidades,
que relativamente Nick Cave había ido
llenando la estancia y que yo solo,
tímido cuando no conozco a los habitantes,
había rehuido de toda situación comunicativa.
¿Estás bien me preguntó?
Y yo solo la miré y pensé:
I grab my telephone, I call my wife at home
She screams, leave us alone, I say, hey, it's only me…
En aquel momento hubiese abierto la puerta
y sin motivo aparente,
hubiese desaparecido de aquella fiesta.
jueves, 12 de mayo de 2016
jueves, 14 de abril de 2016
Tú en el
equilibrio mojado en mis pies.
Suenan
relojes parados en sombra,
deslizan
tacto a tacto
el
instante en la piedra, el sol en la luz.
Se
posan rápido los pájaros
cuando
el niño corre y espanta palomas.
Tú en
el equilibrio, miras la playa,
los
arenales que una excavadora
remueve
porque se acerca el verano.
Pero
ahora no piensas en turistas,
bañistas
alemanes
y demás
elementos
que
sustituyen los granos de arena.
No,
ahora el agua asciende,
sube la
marea en ambos tobillos.
Aquí el
sol se desliza suavemente
y no tiene
importancia casi nada.
La
barca pescando en el horizonte,
la
primera línea dibujada.
Tú en el
equilibrio mojado en mis pies.
miércoles, 13 de abril de 2016
La
luna celeste mira con gesto maternal
su luz en los rosales del parque San Francisco.
Aunque los perros aúllen,
y aves del desánimo canten a través de tus espaldas,
los oigo,
esperan los tambores de un ejército.
Una insondable esfera es el mundo con auriculares en los polos;
no emiten música a estas horas en que anochece.
Se escucha un silencio tribal en el estanque.
Los pájaros dentellean espumas pálidas
y poco a poco este lugar se va adormeciendo,
las cucarachas negras recogen su espanto de universo
y una luz de avión atraviesa el cielo en dirección al norte.
Hay un cuarto de luna que reza
mientras las estatuas parecen pronunciar dictados solemnes.
La fotografía es un abanico silencioso
al igual que el pavo real hundiendo el pico en el ala cuando duerme.
Por allí vienes y veo como te acercas,
hemos estado mirándonos el uno al otro.
Los bancos de madera nos separaban
a cuatro pies de distancia.
Veo como te acercas en paso simétrico.
El viento comienza a ser cálido aproximándose Mayo.
Un aura de realidad y un sueño se miran.
Y yo me pregunto si de verdad existe mi sombra en el espejo que veo entre tu ojo y el mío
y yo me pregunto si solo coincidimos con
los sentimientos ajenos
que reflejan nuestra propia sombra en su especie.
su luz en los rosales del parque San Francisco.
Aunque los perros aúllen,
y aves del desánimo canten a través de tus espaldas,
los oigo,
esperan los tambores de un ejército.
Una insondable esfera es el mundo con auriculares en los polos;
no emiten música a estas horas en que anochece.
Se escucha un silencio tribal en el estanque.
Los pájaros dentellean espumas pálidas
y poco a poco este lugar se va adormeciendo,
las cucarachas negras recogen su espanto de universo
y una luz de avión atraviesa el cielo en dirección al norte.
Hay un cuarto de luna que reza
mientras las estatuas parecen pronunciar dictados solemnes.
La fotografía es un abanico silencioso
al igual que el pavo real hundiendo el pico en el ala cuando duerme.
Por allí vienes y veo como te acercas,
hemos estado mirándonos el uno al otro.
Los bancos de madera nos separaban
a cuatro pies de distancia.
Veo como te acercas en paso simétrico.
El viento comienza a ser cálido aproximándose Mayo.
Un aura de realidad y un sueño se miran.
Y yo me pregunto si de verdad existe mi sombra en el espejo que veo entre tu ojo y el mío
y yo me pregunto si solo coincidimos con
los sentimientos ajenos
que reflejan nuestra propia sombra en su especie.
Es
entonces cuando soplo la vela y la oscuridad inunda las butacas.
Siento
los pies dudar de su carne,
las
rodillas expandirse
y el vientre empujar los instrumentos de una intro.
y el vientre empujar los instrumentos de una intro.
La
película ha coloreado los silencios
y
de lejos suena la calle.
La
noche es amiga del corazón.
Comienza
así el encuentro de las camas,
de
las gotas despedidas contra los espejos,
de los abrazos mutuos,
de las narices hundidas.
de los abrazos mutuos,
de las narices hundidas.
Provocas
el destemple del cuerpo
en
la respiración acelerada de un cisne.
Hablamos
del idioma,
y
nos rendimos ante el yo del todo presente,
escuchando
bajo nuestros pies
la lagartija del suelo en el piso,
la lagartija del suelo en el piso,
el
epígrafe del baile del reptil en tu saliva
y
mi latido conforma
la
soledad inmensa del amor en tu cuerpo.
Contemplo la mañana con el café en la mano,
pronto
las estaciones serán puertos de viaje,
nos
expandiremos ya en la mezcla de los países.
He
querido escribir sobre el latido de la vida,
pero
es probable que amanezca en Lisboa
pero
es probable que no haya palabra que lo intente
porque
no regresaré de ese viaje,
porque
escribir es acariciar la palidez de un trayecto no realizado.
Cruzo
la acera,
los
taxis y las gaviotas son testigos de la luz cuando me das la mano.
El cine y el amor hacen estragos en cada punto cardinal de un mapa
y
nuestros recuerdos en forma de regreso a Ítaca prosiguen.
Pero,
¿Qué fue del antes?
¿Antes
de la línea entre la nuez y la boca?
Antes
de todo, ¿Antes de ni siquiera haber nacido?
Compongo
canciones a veces como el antiguo poeta ebrio
de
una vieja antología de poesía China,
desde
un saliente donde se ve el cantábrico, Santander
y
los aviones aterrizando en Parayas toco tonalidades menores
que
escuchan los reactores, el queroseno
y la hierba mojada de la tarde.
y la hierba mojada de la tarde.
Quizás
me apoye en un neumático
y
piense que un día quince, miércoles, como hoy
te
visité por primera vez.
Quizás
componga una canción sobre el pasajero del asiento 69
que
pronto amanecerá en cuerpo y ojos en Portugal.
El
avión que ya suena en el parque San Francisco
y yo
quiero abrazarte, sentados a un dedo de distancia
pero
mis manos no me responden,
temen
el desaliento, la ironía y la fuga.
Ha
brotado una barrera invisible que ahora no comprendo
me
rebosa y me hace dudar del equilibrio
porque
el amor debe de nadar en el líquido que guardamos en nuestro oído,
esa
es la razón definitiva por la que mueve montañas,
por
eso sientes que se viene abajo el mundo,
un
ataque de vértigo tras el golpe de un tímpano
es
motivo suficiente para creer en terremotos.
No
hay más que un ojo y un mundo.
Pero
no son mis manos las que se acercan
sino
las tuyas,
anidan
tus anillos robados en los botones de mi camisa.
De
tus uñas veo nidos,
de
tu media sonrisa veo lo que guardas.
Deberíamos
condenar a las tecnologías,
y
sentir la incertidumbre de una carta.
Ahora
que estamos cerca,
veo
la espontaneidad de este cielo,
de
los perros que antes fueron bestias
y que ahora mueven la cola amigables.
He
despertado de un mal sueño,
veo el cine poco a poco vaciándose de gente
veo el cine poco a poco vaciándose de gente
y
el último espectador que queda eres tú.
La última llamada antes de mirar el nombre en los créditos,
tu nuez mirando el movimiento de una ola;
bailando
en el columpio que hay entre el beso de la pantalla
y el nuestro.
Siento de tu tacto la respiración del imán
y el dibujo,
siento, cuando nuestros pasos se alejan lentamente de las taquillas
que el sol va saliendo por detrás de los edificios
y entonces, decidimosdar un paseo juntos entre la realidad y el alba.
lunes, 14 de marzo de 2016
jueves, 10 de marzo de 2016
Autoayuda.
LAS SALAS del hospital
se erguían ante nosotros.
Vigilabas la luz amarillenta del pasillo,
y mientras tú,
veinte y veintidós años antes
con las piernas pequeñas
mostrabas tu mirada inocente en lo que te rodeaba,
las cajas con jeringuillas
que para ti eran pistolas de agua,
la mesa camilla donde Batman peleaba con un Playmovil,
la lámpara que iluminaba la sala de estar de las enfermeras.
se erguían ante nosotros.
Vigilabas la luz amarillenta del pasillo,
y mientras tú,
veinte y veintidós años antes
con las piernas pequeñas
mostrabas tu mirada inocente en lo que te rodeaba,
las cajas con jeringuillas
que para ti eran pistolas de agua,
la mesa camilla donde Batman peleaba con un Playmovil,
la lámpara que iluminaba la sala de estar de las enfermeras.
Ahora, miras ese recuerdo,
frágil pero presente,
con un silencio breve en las caricias,
ves el peligro de la sala en la que no te dejaban entrar
porque aún no podías conocer la muerte.
frágil pero presente,
con un silencio breve en las caricias,
ves el peligro de la sala en la que no te dejaban entrar
porque aún no podías conocer la muerte.
Mi madre, veinte años antes era enfermera
y yo permanecía sentado
esperando a que saliese de trabajar.
Sus compañeras,
despertaban en el yo de niño los primeros apetitos de vida
y así la vida de la infancia
y la muerte al otro lado de la sala,
esparcían una a una sus caras en el principio.
y yo permanecía sentado
esperando a que saliese de trabajar.
Sus compañeras,
despertaban en el yo de niño los primeros apetitos de vida
y así la vida de la infancia
y la muerte al otro lado de la sala,
esparcían una a una sus caras en el principio.
Ahora,
que puedo pensar por dentro de los recuerdos
me veo como entonces,
aunque parezca inhumano o inocente
recuerdo que quizás haya que ignorar ciertas cosas.
que puedo pensar por dentro de los recuerdos
me veo como entonces,
aunque parezca inhumano o inocente
recuerdo que quizás haya que ignorar ciertas cosas.
Los cristales hacen de defensa contra los paracaidistas
que baten su alma por los ejes de hierro y los pasillos tenuemente iluminados.
Las caras son verdes y los ojos pasajeros son verdes,
paracaidistas que deslizan su alma entre los asientos
donde rostros piden paciencia, donde el ser humano se ha vuelto cobarde
y yo miro las páginas, escucho conversaciones, leo sentado
de vez en cuando apoyo mi cabeza contra el ventanal,
miro la noche impersonal caer, miro la lluvia, la palabra lluvia
y me creo testigo últimamente de autobuses nocturnos.
Tengo miedo a que el conductor se duerma y estrelle la masa de hierros contra el badén,
miro la lluvia violenta, lluvia con rostro de asesino,
lluvia como balas, infinita, y después con mi cara helada puesta sobre el cristal,
siento los golpes del granizo y la resistencia del autobús, la soledad de las paradas.
Es inevitable no sentirse solo, porque el hombre no tiene dinero,
porque la mujer borracha tampoco tiene dinero y promete que su hermano
le pagará, y el conductor grita y ella grita más,
hasta que las bocas se convierten en soledades,
hasta que los cuerpos y las manos quiebren el fémur y el aire hueco choque contra ellos.
Mi mano toca la ventana y el granizo casi entra
en un espacio en el que el vaho empaña las gargantas y la calefacción ahoga las flemas,
en un espacio habitado por ruido de averías y lentitudes opacas.
Discusiones reflejo de todas las discusiones,
olvido y quimera, sombra de porcelana.
Que fácil es domar al hombre cuando ya está domado,
que fácil es domar a la especie,
la mujer alcohólica y el conductor autómata,
(si usted me grita yo grito, si usted se calla yo me callo)
y ella sonriente con un pañuelo se seca las lágrimas.
Solo una gota de esperanza se derrama cuando ves por primera vez en el trayecto
el reflejo de la costa y el mar oscuro que parece muerto, y sin embargo a lo lejos
la claridad amanece y yo leo y paso las páginas,
mis oídos están olvidados y yo te invito, forma lejana de luz, a que ilumines con el corazón mi alba.
que baten su alma por los ejes de hierro y los pasillos tenuemente iluminados.
Las caras son verdes y los ojos pasajeros son verdes,
paracaidistas que deslizan su alma entre los asientos
donde rostros piden paciencia, donde el ser humano se ha vuelto cobarde
y yo miro las páginas, escucho conversaciones, leo sentado
de vez en cuando apoyo mi cabeza contra el ventanal,
miro la noche impersonal caer, miro la lluvia, la palabra lluvia
y me creo testigo últimamente de autobuses nocturnos.
Tengo miedo a que el conductor se duerma y estrelle la masa de hierros contra el badén,
miro la lluvia violenta, lluvia con rostro de asesino,
lluvia como balas, infinita, y después con mi cara helada puesta sobre el cristal,
siento los golpes del granizo y la resistencia del autobús, la soledad de las paradas.
Es inevitable no sentirse solo, porque el hombre no tiene dinero,
porque la mujer borracha tampoco tiene dinero y promete que su hermano
le pagará, y el conductor grita y ella grita más,
hasta que las bocas se convierten en soledades,
hasta que los cuerpos y las manos quiebren el fémur y el aire hueco choque contra ellos.
Mi mano toca la ventana y el granizo casi entra
en un espacio en el que el vaho empaña las gargantas y la calefacción ahoga las flemas,
en un espacio habitado por ruido de averías y lentitudes opacas.
Discusiones reflejo de todas las discusiones,
olvido y quimera, sombra de porcelana.
Que fácil es domar al hombre cuando ya está domado,
que fácil es domar a la especie,
la mujer alcohólica y el conductor autómata,
(si usted me grita yo grito, si usted se calla yo me callo)
y ella sonriente con un pañuelo se seca las lágrimas.
Solo una gota de esperanza se derrama cuando ves por primera vez en el trayecto
el reflejo de la costa y el mar oscuro que parece muerto, y sin embargo a lo lejos
la claridad amanece y yo leo y paso las páginas,
mis oídos están olvidados y yo te invito, forma lejana de luz, a que ilumines con el corazón mi alba.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)