jueves, 12 de mayo de 2016

El despierto.


El despierto alza sus ojos bajo los cipreses,
ve la guarida vieja del antiguo hombre
esconderse
dentro de la tormenta.
Se yerguen sobre su cabeza
los dos hemisferios,
el vientre de la mañana,
el esqueleto de un animal en el camino.
La tierra arrastra
las hundidas manos de un manantial de arena seca;
las gargantas ya han sido cubiertas con el acero
de una flor cercenada
en la oreja de una bailarina.
Mitad razón y mitad lluvia en la boca.
Lleva en el hierro
la vida brotando
las lágrimas de una nube negra.
Sentada lejos, ambos se miran
sujetando un pozo oscuro de cera y un abismo blanco.
Él camina
y los caballos relinchan bajo el trueno,
los rayos caen
atrayendo guirnaldas que erizan las pieles,
los torrentes
en el baile de una mujer desnuda en río.
Acerca pronto su boca a la espalda de agua,
y mi corazón siente una mezcla de ciudad
y los ojos verdes de una camarera desierta;
de la penumbra y las habitaciones iluminadas.
Lugares donde el frío y la tristeza
se mezclan con los hombres.
Allí, serás pronto una sombra más
de sus limites entre la piel
y la voz hueca e incomprensible
del mismo idioma.
Estábamos en el salón 
y yo quería pinchar Nick Cave en el portátil.
Ella hablaba y yo 
pensaba en la música,
en la voz grave y rotunda de Nick Cave,
en su mística de dureza
en la tinta saliendo del violín de Oh My Lord.
( Canción número 7 del No more shall we part)
Alguien decidió abrir la ventana
y el viento entonces
arrancó
los apuntes de clase de un cuaderno sobre la mesa.
De pronto, noté
que no había posibilidades,
que relativamente Nick Cave había ido
llenando la estancia y que yo solo,
tímido cuando no conozco a los habitantes,
había rehuido de toda situación comunicativa.
¿Estás bien me preguntó?
Y yo solo la miré y pensé:
I grab my telephone, I call my wife at home
She screams, leave us alone, I say, hey, it's only me…
En aquel momento hubiese abierto la puerta
y sin motivo aparente,
hubiese desaparecido de aquella fiesta.

jueves, 14 de abril de 2016

Tú en el equilibrio mojado en mis pies.
Suenan relojes parados en sombra,
deslizan tacto a tacto
el instante en la piedra, el sol en la luz.
Se posan rápido los pájaros
cuando el niño corre y espanta palomas.
Tú en el equilibrio, miras la playa,
los arenales que una excavadora
remueve porque se acerca el  verano.
Pero ahora no piensas en turistas,
bañistas alemanes
y demás elementos
que sustituyen los granos de arena.
No, ahora el agua asciende,
sube la marea en ambos tobillos.
Aquí el sol se desliza suavemente
y no tiene importancia casi nada.
La barca pescando en el horizonte,
la primera línea dibujada.
Tú en el equilibrio mojado en mis pies.

miércoles, 13 de abril de 2016


La luna celeste mira con gesto maternal
su luz en los rosales del parque San Francisco.
Aunque los perros aúllen,
y aves del desánimo canten a través de tus espaldas,
los oigo,
esperan los tambores de un ejército.
Una insondable esfera es el mundo con auriculares en los polos;
no emiten música a estas horas en que anochece.
Se escucha un silencio tribal en el estanque.
Los pájaros dentellean espumas pálidas
y poco a poco este lugar se va adormeciendo,
las cucarachas negras recogen su espanto de universo
y una luz de avión atraviesa el cielo en dirección al norte.
Hay un cuarto de luna que reza
mientras las estatuas parecen pronunciar dictados solemnes.
La fotografía es un abanico silencioso
al igual que el pavo real hundiendo el pico en el ala cuando duerme.
Por allí vienes y veo como te acercas,
hemos estado mirándonos el uno al otro.
Los bancos de madera nos separaban
a cuatro pies de distancia.

Veo como te acercas en paso simétrico.
El viento comienza a ser cálido aproximándose Mayo.
Un aura de realidad y un sueño se miran.
Y yo me pregunto si de verdad existe mi sombra en el espejo que veo entre tu ojo y el mío
y yo me pregunto si solo coincidimos con
los sentimientos ajenos
que reflejan nuestra propia sombra en su especie.
Es entonces cuando soplo la vela y la oscuridad inunda las butacas.
Siento los pies dudar de su carne,
las rodillas expandirse 
y el vientre empujar los instrumentos de una intro.
La película ha coloreado los silencios
y de lejos suena la calle.
La noche es amiga del corazón.
Comienza así el encuentro de las camas,
de las gotas despedidas contra los espejos,
de los abrazos mutuos,
de las narices hundidas.
Provocas el destemple del cuerpo
en la respiración acelerada de un cisne.
Hablamos del idioma,
y nos rendimos ante el yo del todo presente,
escuchando bajo nuestros pies 
la lagartija del suelo en el piso,
el epígrafe del baile del reptil en tu saliva
y mi latido conforma
la soledad inmensa del amor en tu cuerpo.

Contemplo la mañana con el café en la mano,
pronto las estaciones serán puertos de viaje,
nos expandiremos ya en la mezcla de los países.
He querido escribir sobre el latido de la vida,
pero es probable que amanezca en Lisboa
pero es probable que no haya palabra que lo intente
porque no regresaré de ese viaje,
porque escribir es acariciar la palidez de un trayecto no realizado.
Cruzo la acera,
los taxis y las gaviotas son testigos de la luz cuando me das la mano.
El cine y el amor hacen estragos en cada punto cardinal de un mapa
y nuestros recuerdos en forma de regreso a Ítaca prosiguen.
Pero, ¿Qué fue del antes?
¿Antes de la línea entre la nuez y la boca?
Antes de todo, ¿Antes de ni siquiera haber nacido?
Compongo canciones a veces como el antiguo poeta ebrio
de una vieja antología de poesía China,
desde un saliente donde se ve el cantábrico, Santander
y los aviones aterrizando en Parayas toco tonalidades menores
que escuchan los reactores, el queroseno 
y la hierba mojada de la tarde.
Quizás me apoye en un neumático
y piense que un día quince, miércoles, como hoy
te visité por primera vez.
Quizás componga una canción sobre el pasajero del asiento 69
que pronto amanecerá en cuerpo y ojos en Portugal.
El avión que ya suena en el parque San Francisco
y yo quiero abrazarte, sentados a un dedo de distancia
pero mis manos no me responden,
temen el desaliento, la ironía y la fuga.
Ha brotado una barrera invisible que ahora no comprendo
me rebosa y me hace dudar del equilibrio
porque el amor debe de nadar en el líquido que guardamos en nuestro oído,
esa es la razón definitiva por la que mueve montañas,
por eso sientes que se viene abajo el mundo,
un ataque de vértigo tras el golpe de un tímpano
es motivo suficiente para creer en terremotos.
No hay más que un ojo y un mundo.
Pero no son mis manos las que se acercan
sino las tuyas,
anidan tus anillos robados en los botones de mi camisa.
De tus uñas veo nidos,
de tu media sonrisa veo lo que guardas.
Deberíamos condenar a las tecnologías,
y sentir la incertidumbre de una carta.
Ahora que estamos cerca,
veo la espontaneidad de este cielo,
de los perros que antes fueron bestias
y que ahora mueven la cola amigables.
He despertado de un mal sueño, 
veo el cine poco a poco vaciándose de gente
y el último espectador que queda eres tú.
La última llamada antes de mirar el nombre en los créditos,  
tu nuez mirando el movimiento de una ola;
bailando en el columpio que hay entre el beso de la pantalla
y el nuestro.
Siento de tu tacto la respiración del imán
y el dibujo, 
siento, cuando nuestros pasos se alejan lentamente de las taquillas
que el sol va saliendo por detrás de los edificios
y entonces, decidimos
dar un paseo juntos entre la realidad y el alba.










lunes, 14 de marzo de 2016

La ola pesa en el alma.
La veo romperse,
muda,
un ligero desenlace
que después regresa 
y respiramos.

Si olvidas el dolor,
mujer…
tus manos de mariposa
y el vientre en trigo,
mujer allí encendida
la noche cae en tus ojos,
si olvidas el dolor,
mujer…

si olvidas el dolor. 

jueves, 10 de marzo de 2016

Autoayuda.

LAS SALAS del hospital
se erguían ante nosotros.
Vigilabas la luz amarillenta del pasillo,
y mientras tú,
veinte y veintidós años antes
con las piernas pequeñas
mostrabas tu mirada inocente en lo que te rodeaba,

las cajas con jeringuillas
que para ti eran pistolas de agua,
la mesa camilla donde Batman peleaba con un Playmovil,
la lámpara que iluminaba la sala de estar de las enfermeras.
Ahora, miras ese recuerdo,
frágil pero presente,
con un silencio breve en las caricias,
ves el peligro de la sala en la que no te dejaban entrar
porque aún no podías conocer la muerte.
Mi madre, veinte años antes era enfermera
y yo permanecía sentado
esperando a que saliese de trabajar.
Sus compañeras,
despertaban en el yo de niño los primeros apetitos de vida
y así la vida de la infancia
y la muerte al otro lado de la sala,
esparcían una a una sus caras en el principio.
Ahora,
que puedo pensar por dentro de los recuerdos
me veo como entonces,
aunque parezca inhumano o inocente
recuerdo que quizás haya que ignorar ciertas cosas.