domingo, 19 de octubre de 2014

El cuervo mira el cuervo.

Hay una cornisa donde se arrojan al vacío 
Los servidores del otro lado. 
El cuervo mira el cuervo
¡Mira el cuervo!
El cuervo
Cuervo
Bate alas en un yo que no es.

Tiempo.

Sé que algún día caminaré hacia la tarde,
O de la tarde nacerá la noche,
O la mañana despertará el hielo.
Lo sé.

Solo.

Yo solo, 
Sí, allí en el cerrar de los párpados,
Donde acecha la oscuridad. 
Yo solo.

En casas frías de niebla.

En casas frías de niebla
Siempre resbalaba el suelo;
Y los silencios de la noche
Despertaban hasta el más sutil fantasma.
Escondían sus manos bajo el hielo de las pieles,
Allí donde nunca hubo nada.
Echo de menos el oleaje
La espuma blanca sobre los corales,
Y las tormentas, lejos en el horizonte.
Echo de menos la llovizna sobre la ciudad
Los semáforos en rojo,
Las sirenas de ambulancias
Echo de menos las sombras
Que caen con la noche
Que pasean en los parques.
Los cristales con gotas de agua,
Echo de menos el silencio de madrugada
El caminar sobre los charcos.
Echo de menos el perfume a aurora blanca
Y el tañer de las campanas
Sobre el mar inocente.
Echo de menos los pescadores
Que caen en la locura
Las noches que pisan tierra.
Los vagones de barcos mercantes.
Las desafinadas redes de lugares concurridos.
Echo de menos la soledad del alma
Y la angustia del griterío.
Echo de menos el canto de las gaviotas
Volar por la mañana en el puerto
Y el fango acariciar
Unas botas de goma.
Hoy me he acercado al mar.
He viajado por algunas grietas
Por algunos párpados
Por ciertos pájaros de angustia,
Y he caído en sus manos.
Huyo de cualquier día
Del paso violento de una tarde
De lo que se escapa entre mis dedos.
Me miro y no veo nada,
Un cuerpo sí, pero nada.
Voy borrándome en un espejo
Van tiñendo viejos amigos
De otros dos miles,
En un ápice de mi boca.
Ayer, anoche soñé mi muerte
Que me disparaban
Y lo grababan en video.
Voy a acercarme al mar
A mirarme en su espuma blanca
En su arbolito en el acantilado,
En su tarde roja, en su soledad
En sus pies de salitre.
Resultaba tan triste 
Como el idioma de las plazas,
Las violentas palomas 
Erguidas en rostros ancianos,
Era el hombre, el destino
Absurdo Dios que canta,
Un vals en maitines.
Aún recuerdo aquella hora,
Recién llegada y con prisa;
Cubierta de sedas y ojos
Pesando la abultada existencia.
Tengo miedo, oía el susurro
De la gallina colérica
Y el tenedor en su vientre.
Tenían prisa las rupturas rojas
En frente del estanco
Al lado del mar, del nombre,
Una tabla que arrastraba,
Hacía ninguna parte
Esta ciudad, y siempre algún vigilante,
De esos de cuadrícula y cerebro
Hablaba de encauzar
Con su brillo a todos los peces.
En frente de un ojo tengo la mano clara, en el otro más oscura y lejana, con los dos se une la imagen. Vuelvo a hacerlo con un rotulador, una cruz, una hoja de papel. Al acabar me siento en el suelo. Está todo muy desordenado, pero no tengo sensación de desorden. Estoy hundiendo mi culo en el suelo y no noto lo frío o caliente que esta. La puerta hace un ruido extraño, alguien quiere entrar. Miro al techo y la lámpara, y allí erguida como una paloma estática en mitad del aire, se encuentra justo en el centro de la habitación. No recuerdo quien es. Alguien ha llamado a la puerta y al otro lado se oye jaleo, por lo menos tres personas deben de querer saber que ocurre al otro lado. Por la ventana, algo entra, una luz que se dibuja en mitad del habitáculo y siento algo así, podría explicarse mordiendo una esponja con agua, ese sabor. Empiezo a levitar y veo todo desde la altura. Estoy un rato en esa posición, a unos dos metros del suelo, con mi cabeza peluda casi golpeando el techo. No he practicado el moverme levitando. Veo la figura al lado de la puerta, la silueta de una mujer joven, con pelo largo y rubio. Bajo y no recuerdo salir, no recuerdo quien era. Veo mi cuerpo tirado en el suelo y eso me estremece.
En el canto oscuro,
Al fondo
Allí, donde no veo. 
Gélido,
El rostro,
La voz callada,
La sombra,
La caricia y la nada,
La vergüenza;
El destierro, no mío,
La noche,
No te encuentro.

Episodio 1 Baasema.

Camina. No mira a ninguna parte, solo camina. La ciudad ya está gris, tan gris como para que el humo de las fábricas y la llovizna, seca, rutinaria, transpire. La chaqueta de cuero marrón, la camisa. Lleva dos días sin dormir. Al cruzarse con un transeúnte, le mira fijamente a los ojos, le reta. El hombre siente miedo, ve un rostro ojeroso, con un derrame en el izquierdo. La primera vez que encontraron a una víctima no tenía nada puesto, le habían desgarrado las ropas, la habían violado durante horas y la dejaron tendida, mientras inconsciente se iba desangrando, quizás la lluvia arrastrase la sangre calle abajo, o quizás fue golpeada y llevada hasta donde la encontraron. Al entrar en la comisaría, ni siquiera dio los buenos días, coloca lo único, las fotos que tienen del lugar de los hechos. Ningún testigo. No consigue nada. Su mente es hiperactividad y todo se estrella contra la madera y las imágenes de ya tres mujeres en cuatro meses.

Suena el despertador, aquella noche no había dormido solo. La mira, la besa, ya llevan conociéndose desde hace un mes. Por fin había logrado dormir. Afuera sigue igual, cayendo finas gotas de agua. Enciende la luz de la habitación y la ve dormida. Entra en la ducha y la imagina con la ropa desgarrada. Quiere apartar dicha imagen pero no puede. Sale de la ducha y moja el suelo del baño, lo limpia con una toalla, y allí esta ella, mirándole desde la puerta tiene sangre en el muslo y la ropa desgarrada. Estás preciosa cariño. Solo esta vestida en ropa interior. La acaricia, la besa. Abre el armario y saca una de las camisas arrugadas. Se viste. ¿Nos vemos cuando salga? Entra en el parking y huele a gasolina. Se marea. Abre un citröen negro y arranca. Suena la alarma del reloj.

Cae la tarde, el cielo ya se ha abierto. Por fin la luz rojiza del sol entra en la habitación donde un testigo, a las 3: 10 Am hora peninsular, afirmaba haber visto a alguien meter a una mujer dormida cerca de su pueblo, en el maletero de un coche. Es la única pista que dice haber visto algo. Se encontraba a 20 Kilómetros de allí, cerca de una gasolinera. Todavía no había denunciado nadie ninguna desaparición, ni se había identificado ningún cadáver, solo se conoce la nacionalidad extranjera de la segunda mujer. Por el resto, habían aparecido en distancias relativamente cortas.  Desde que se encontró la última de ellas no logra dormir si no es con Clara.

A las siete de la tarde abren las puertas del puticlub. Un gordo se dirige adentro, sujeta la puerta y deja entrar a Aldo. Mira la barra vacía y huele el perfume. ¿Conoce a esta chica? Esta colocada. Le mira y mueve la mandíbula. No. Trabajaba aquí. No, no la conozco. Se da la vuelta y se va. Solo lleva un tanga puesto, tacones y un top con lunares. Entran tres hombres vestidos con traje. Dos de ellos parecen escoltar al otro. ¿Conocen a esta chica? No. Le mira con sonrisa burlona. Soy policía. Cambia el gesto del hombre. Trabajaba aquí. El hombre le mira. Se llamaba Baasema, hace meses que no sé nada de ella. Solía subir siempre que podía y estaba. Se escapó, quería ir a Francia, estaba obsesionada con Francia. ¿Sabe cuándo o con quien? Me dijo que no quería trabajar más aquí.  Solo venimos a pasar un rato, usted ya sabe. El hombre de la derecha es el único que no habla. ¿Conoces a alguien que sepa algo más? Ella. Señala a una prostituta que está sentada en la barra. Mira al hombre de la derecha y se dirige hacia ella.

¿Quieres subir? Sesenta. Le da la mano y suben por un pasillo estrecho y unas escaleras enmoquetadas. La habitación está pintada de rosa. Las cortinas de encaje. No quiero hacer nada, solo unas preguntas, soy policía. Es sobre Baasema ¿Verdad? Nos tratan como perras. Nos llevan del coche aquí y de aquí al coche, o te colocas o esto es insoportable.  Algunas de nosotras solo nos podemos pagar el viaje para llegar hasta Francia a base de pasar por lugares así. Baasema no hablaba apenas español, lo poco que pude enseñarle. Ayúdeme, por favor, quiero que me saquen de aquí. No tengo papeles y todas tenemos miedo. Hay alguien haciendo mucho daño por aquí. Tiene un leve acento marroquí, debe de llevar tiempo en España. No deja que Aldo hable. Baasema no es la única que ha desaparecido. ¿Sabe? Hay muchas más ¿Sabe? Necesito ayuda, necesito que me protejan. La mira. Siente verdadera compasión, pero en sus manos no queda nada. Una mujer sin papeles, trabajando de prostituta. Podría recomendarle algún lugar de acogida y allí correría más peligro si está amenazada. ¿Sabe algo más, el día que desapareció, con quien? Solo sé de un hombre. Contrastaba mucho con el tipo de cliente habitual. Este parecía encantador. Nos trataba genial. Nunca nos llamaba zorras y era muy educado. Solía vestir bien. De aspecto, era más bien guapo. Vino durante un par de semanas hasta que Baasema desapareció. Desde entonces no ha vuelto a aparecer por aquí. Si te enseño alguna fotografía ¿Podrías reconocerle? Creo que sí. ¿Podrías acercarte a la comisaría? No nos dejan libertad. Solo salimos para entrar en un coche. En la calle enciende un cigarro y mira el parking ya oscuro. Entra en el coche y suena en la radio "I wanna be adored" "The stone roses". Ve las gasolineras y las luces pasar, abre la ventanilla para echar la ceniza. Respira el olor a humedad y entra frío. Ahora ya se encuentra el solo en la carretera y no ve nadie más, esta todo ya demasiado negro como para ni siquiera recordar nada. No piensa solo conduce, y con el cuerpo destemplado como si tuviese fiebre se aleja progresivamente de la luz.

Cine.

Alguien había pedido un zumo de pomelo con un toque de ron. Se trataba de un tipo con lentes, vestido de traje. Era alto. Sus ojos poseían la clase de ironía que tienen algunos cuando han superado los cuarenta. El cinismo se representaba tras las gafas dando un aspecto entre calavera e intelectual. Cuando bebió un sorbo del zumo de pomelo pronunció.
-Dios que riqueza.
Afuera llovía con amargura. En la calle golpeaban una tras otra las gotas de agua formando charcos grises. De vez en cuando una ráfaga de viento hacía golpear las gotas contra los cristales del bar. Sonó la campanita de la puerta de entrada y apareció un hombre de unos cincuenta y cinco años envuelto en un chaquetón negro. Miraba hacia abajo. No saludó a nadie. Se limitó a sentarse en la barra y a pedir un café solo y un whiskey con hielo. El camarero le sirvió al instante lo que había pedido y con voz ronca le agradeció el servicio. De repente, se escuchó un trueno que hizo vibrar la mampara de la puerta del baño. El bar en sí tenía el aspecto de esos locales de montaña. Las paredes eran de madera. Había mesas en el centro de la instancia y los baños se situaban en frente de la puerta de entrada. La barra recorría la mitad derecha. Estaba muy poco iluminado. Era más bien oscuro y gris, reflejo de las nubes.
 -Parece que te has metido donde te llaman. ¿Verdad Billy?
El hombre de traje y gafas llamado Billy le mira. Traga saliva y vuelve a quedarse fijo en el vaso. Dando vueltas con la pajita el hielo de la copa.
            -La otra noche, en el local de Munrow. ¿No te acuerdas?
Pronuncia una palabra tras otras arrastrando las sílabas. La voz del viejo es muy ronca y grave. Saca un cigarro Winston y se lo mete entre los dientes. Con  un encendedor de gasolina consigue echar el humo por la boca sin quitarse el cigarro de los labios. Gira la cabeza y mientras golpea la punta del cigarro sobre el cenicero mira fijamente a Billy.
            -Con los muchachos no se juega Billy. Con los muchachos no se juega.
Billy se rasca la cabeza repetidas veces. Pasándose la mano por la frente. Suda. Su pierna tiembla. Ni siquiera se atreve a mirar al hombre sentado a su izquierda.  En el bolsillo del abrigo colgado en la percha guarda un revolver cargado, pero la percha se encuentra demasiado lejos de donde está sentado. Para cuando quiera llegar ya estará muerto.
            -¿Es cierto? ¿Qué te intentaste tirar a la hija del jefe?
Intenta pensar. Pero no puede. Por su mente pasan veinte mil pensamientos por segundo. Se vuelve a rascar la cabeza y ahora son las dos piernas las que tiemblan.
            -Lucas… Estaba borracho… Ya sabes que me vuelvo muy tonto cuando bebo. Si hay alguna forma de decirle lo siento… Al jefe.  ¡Dios! ¡Lo siento joder!
Tiembla la voz. Su cara está pálida. Los ojos miran hacia todas partes. Está a punto de echarse a llorar. Intenta sostener el nudo en la garganta. No sabe lo que hacer con sus manos. Se coloca la montura de las gafas. Se muerde las uñas. El camarero mira la imagen sin decir una sola palabra. Hay otros tres hombres jugando a las cartas en una mesa del fondo. Lucas apaga el cigarro y permanece unos instantes callado. El local queda profundamente en silencio. Se escucha la lluvia caer en la calle.
            -¡Demonios coronados! Claro hombre. No te asustes. Que no te va a pasar nada. Solo querían darte una lección. Ven aquí muchacho. Toma lo que quieras. Chico.
Se dirige al camarero.
            -Ponle otra copa al chaval. Otro de esos.
Le sirvió el zumo de pomelo con toque de ron.
            -A ver qué tal sabe esto. 
Lo prueba antes de que Billy ni siquiera lo haya cogido. Sigue nervioso. Retumba de nuevo la cristalera del baño por un trueno.
            -¡Coño! ¡Esto está cojonudo!
Mira a Billy y le sonríe. Es una sonrisa poco creíble. Fría igual que la sonrisa de un muerto.
-Parece que cae fuerte ¡Eh! Bueno yo me marcho que tengo cosas que hacer. ¡No te quedes así hombre que era una broma! Ya está solucionado todo.
Se dirige a la puerta y se sube el cuello del abrigo hasta media cara.  Antes de salir y hacer sonar la campanilla de nuevo mira al camarero.
            -¡Bueno Mike! Que paséis buena tarde.
Se cierra la puerta chirriando la bisagra hasta que la campanilla deja de sonar.
            -Cre… Cre… Creo que… que… ¡Joder! Creo que me voy.
El camarero le mira ir nervioso a coger el abrigo y después le sigue con la mirada hasta que se adentra en el baño. Tras sonar la cadena vuelve a salir y trata de encender un cigarro con manos temblorosas.
            -¡Mierda!
Se le cae el mechero y el cigarro de lo que le tiemblan las manos.
            -¿Alguien hace el favor de encenderme un cigarro?
Grita en lugar de pedir las cosas con la educación que normalmente suele mostrar. El camarero lo enciende tras la barra y se lo da. Se dirige hacia la puerta sin decir adiós. Cierra de un portazo, haciendo retumbar los cristales. El silencio en el local es absoluto. Todos permanecen con los labios sellados.  Todos se miran. Pasan veinte segundos que podrían interpretarse como horas. Nadie se atreve a abrir la boca. Nadie. Ni siquiera el tipo valiente que va ganando la partida de póquer.
De pronto, un ruido seco se escucha en la calle. Al principio no saben que es. Ha sido demasiado breve y seco como para tratarse de un trueno.
            -Pobre chico.
Lo miran tras la puerta tendido en el suelo, sobre un charco de sangre cubriendo el cemento. La lluvia le golpea la cara y se ven las gotitas mezcladas con un hilo rojo oscuro resbalar por su cabeza.

            -Sí. Pobre chico. 

Un lugar, una señora y unas bolsas de plástico.

Anoche bajé por las escaleras mecánicas. En frente mío está el plátano (árbol) y a su derecha una señora y me mira y yo la miro, y de repente se ponen en marcha. El vientecillo de la corriente que se cuela entre las dos calles roza mi pelo y yo apoyo mis manos en la barandilla. Siempre pienso en gérmenes saltando por la piel cuando la goma negra toca mi mano, siempre. Mi madre me lo decía una y otra vez, no toques la barandilla, o lávate las manos y desde entonces tengo una sensación mala cada vez que toco la barandilla eléctrica, como de suciedad.
Es bonito el viento sur, todos los años cuando se acerca septiembre una ráfaga señala la llegada del tiempo oscuro y a la vez trae un olor a verano, arrastra las bolsas de pipas y las hojas y saca a los locos de sus casas para hablar en voz alta de cosas sin sentido. Las escaleras se paran, miro como una rama de plátano se rompe y cae en mitad de la avenida. Debe de ser la última hora. Subo andando y mientras subo pienso en el dolor que produciría caer y golpearse la espinilla con el borde metálico del peldaño. Al llegar arriba saco las llaves del coche y entro en el Seat arosa. El otro día sin querer, debido a un movimiento involuntario y absurdo, cuando hablaba por teléfono, metí la llave en el cenicero y soltó tal chispazo que hizo que se bajaran los plomos de la batería. Pongo música en el móvil y noto como se me descarga la cabeza. Es el maldito viento sur. A la vez reconozco que me inspira, acelera mi mente. Sin querer, acabo de colarme por donde no era y bajo hasta la misma calle donde la señora me miraba; sigue allí, con dos bolsas de la compra sobre el suelo y aturdida gira la cabeza de un lado a otro, buscando a alguien. Parece asustada y ningún transeúnte la ayuda. Pienso realmente en aparcar y preguntarle si le pasa algo.

Sigo adelante y entró en la rotonda de cuatro caminos. Intermitente a la izquierda. Segunda salida, bien, nadie me ha golpeado. Es una tensión constante entrar en esta rotonda o por lo menos me lo parece a mí, siempre aprieto  con mis manos, llenas de gérmenes de la escalera mecánica, el volante y aguanto la respiración hasta que salgo. Me acuerdo otra vez de la señora y la conciencia se ve afectada. Noto algo de presión. Tengo un wassap. Es Marta. Miro el reloj y son las diez y media. Sigo con el mismo sentimiento de culpabilidad. Atravieso la gasolinera, el hospital, la siguiente rotonda y bajo hasta la rotonda de la Marga. Salgo a la autovía y voy directo a casa de Marta. Ahora mismo suena en la radio del móvil Magnolia Mountain. Estoy enamorado de esta canción. Me hace sentir en otro lugar, como si lo que viese, este viento y lo que pasa de un punto a otro perteneciesen a otro país. Me imagino estar en Texas y como serían de nuevos los polígonos industriales, ese mismo sentimiento que se tiene al llegar a una nueva ciudad y ver en las afueras la Renault y  la Mercedes, y alguna que otra nave más, y sentir la curiosidad de estar llegando a un sitio nuevo, en lugar de ver esa misma nave en la ciudad en que uno vive. Lo mismo ocurriría con aquellos que viviesen en esa ciudad. La verán una y otra vez sin tener la sensación que tienen cuando por ejemplo visitan Santander. En ese caso por supuesto tendrían aquella sensación que describo. Me miro por el retrovisor y pienso en alguna historia, tendría cosas que contar pero me falta la intriga. 

El absurdo y el orden.

Ayer me han doblado un libro, un ejemplar de alianza de bordes blancos, bastante ligero de unas ciento cincuenta páginas. Todavía no he visto el libro; sin embargo, varias personas me han dicho que el libro no estaba bien, aunque extrañamente se lo dejé a otra persona en particular y por alguna razón, otra persona ajena a esa primera sabe la situación desfavorable a la que se ha visto sometida la portada del libro. Unas horas antes me acabaron de romper el paño de la puerta; supe que se llamaba paño porque un señor en el desguace me dijo, -¿Qué nesesitas? Y yo mientras miraba piezas, hierros doblados, rojizos, con la pintura ardiendo y apilados unos encima de otros, trayendo a la piel el escozor de los ácidos, mientras le caía una gota de sudor en la cara grisácea, manchada por el tiempo, un rostro algo roto por los años y escuchaba esa voz con las articulaciones relajadas, le dije que estaba buscando algo del lado de la puerta, donde está el pestillo. El me dijo, ehpera tiene el coche ahí? Y yo sí. Mira. Fuimos al coche y me dijo. Ah el paño. Y yo sí sí, el paño. Atravesamos más esqueletos metálicos, puntas afiladas como cuchillos y rostros desencajados. Preguntó por el walkie si había algún tipo de coche de ese año. La respuesta fue negativa. Quien me había roto el paño del coche, fue un tipo que conocí la noche anterior en un bar cerca del polígono de nueva montaña. Hablaba inglés y estaba de paso. Tenía el camión aparcado cerca de allí por lo que se pasaba las tardes en aquel bar. Desde aquí iría en dos días hasta Portugal y de Portugal regresaría a Inglaterra. Llevaba veinticinco días sin pasar por casa, durmiendo en el camión y solo le había visto tocar la guitarra una vez. Una vieja acústica de folk. Solo una y desde allí a Portugal. Tenía pinta de haber boxeado. Me acordé del paño de la puerta por la noche, en el momento en que una botella bajaba rodando a lo largo del río de la pila y chocaba contra otra botella de cristal que a su vez venía empujada por una zapatilla converse y daba de lleno en las botas dr Marteens de una chica con gafas de pasta y una camiseta de pull and bear la cual hablaba de forma extraña con un chico de estatura media que parecía bastante borracho por otra parte expectante y alerta por la imagen de un yonki que sin querer o queriendo había chutado una lata que acababa de golpear la botella inicial y que desafortunadamente golpeó a la novia de quien no debía, un tipo de aproximadamente metro noventa, cuerpo muy atlético que respondió cogiendo por el cuello y golpeando cabeza contra cabeza al pobre hombre que pedía perdón y escuchaba –Te voy a reventar hijo de la gran puta, vas a escupir sangre y luego llorarás. Alguien me estaba comentando el estado de mi libro y dándome el sabio consejo de nunca dejar un libro en una conversación cuyo hilo era el absurdo y el orden.